viernes, 14 de abril de 2017

viernes, 22 de julio de 2016

Pavlov, panadero caraqueño

La cola diaria para adquirir "campesinos" regulados en la panadería de la esquina se me antoja como un micro-cosmos delirante: ya los habitués, de tanto rencontrarnos, conformamos -azarosamente- una cofradía involuntaria que, cual red social analógica y wireless, intercambia data preci(o)sa en torno a dónde poder conseguir cualesquiera insumo alimenticio; cómo suplantar ingredientes por sucedáneos otrora inconcebibles; ignotas recetas de cocina-fusión (y confusión) que prescinde de casi todo y echa mano, ay, de lo que hay...
Vamos a ver si logro animar a los contertulios a truequear libros en plan biblioteca pedestre y ambulante. Se me ocurre que, con algo de suerte, establecemos -mientras discurre la cola- lecturas a viva voz de relatos breves, por ejemplo, que distraigan el tedio de la espera en slow motion.

Quién sabe si el entusiasmo narrativo se viraliza, vestido de trending tópico (sic) del trópico, e instituimos fugaces talleres literarios con eyaculación precoz de micro-ficciones orgiásticas. Pan y circo, que se dice, aunque sin mitologías ni flautas que maticen el soundtrack que desmerece nuestra prosaica cotidianidad con puro y duro sonido ambiente: mucho ruido y ningunas nueces. Heces, sí, cual burda escenografía escatológica, de los famélicos canes callejeros que les disputan migajas microscópicas a las palomas caraqueño-pavlovianas disfrazadas de aves de rapiña.

El prodigio puñetero consiste en que, por aquí, sin necesidad de timbre alguno, los vecinos salivamos con el bouquet del pan horneándose.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

miércoles, 7 de noviembre de 2012

SANTORAL MILAGRERO

(Dedicado a Angélica Zurita)










































"Con un real, salvas una mano de arder eternamente
en el infierno, con dos reales, salvas ambas manos
y así...sucesivamente"
(Edictos Papales de la Edad Media)

"La religión es el show bussiness del pueblo"
(Un marxiano, sic, más o menos contemporáneo)


Yo, pecador, confieso... creer, de pensamiento, palabra, obra y omisión, que todos esos avisitos que inundan y desbordan, salpicándonos de tinta, las páginas de los periódicos agradeciéndole tal y cual cosa (milagro, causa perdida, aparición o desaparición), a San Bartolomé del Extravío o a Santa Esperancita del Delirio Gozoso, no son otra cosa que inteligentísimas campañas orquestadas por una tormenta apocalíptica de cerebros cochambrosos reclutados por los incipientes Departamentos de Nuevos Negocios, Publicidad, Mercadeo, Venta a Presión y Planificación Estratégica de los propios diarios, a fin de facturar, facturar y facturar...cada día más, en progresión geométrica.


Me refiero a una industria de venta del cielo por retazos, por fracciones, como si fueran quinticos de lotería, que se anuncia a través de avisitos de la siguiente talla: "Gracias San Tiburcio por los favores recibidos"; "Rece 26 veces, publique esta oración al quinto día y espere a ver qué pasa"; "Soy el testimonio viviente del milagro de Santa Kaxucha" (y entonces se lanzan una historia espeluznante, extraída, como una muela desahuciada, de la mismísima vida real).

Aprovechándome así de la infraestructura ya existente en el mercado, yo mismo me he inventado, junto a mis cuñados y mi suegra, toda una constelación de santos proveedores de milagros, casi una corte celestial completa, que comercializo sin escrúpulos, ni ninguna clase de remordimiento, a mi entera  satisfacción y conveniencia.

A mi "mailing list" de incautos les vendo por correo, a precios escandalosamente especulativos: medallitas, estampitas, afichitos, libritos de invocaciones, talismanes, sahumerios y frasquitos con pociones y aguas bendecidas. Nuestro catálogo full color de C.A. Santoral Milagrero, que envío y cobro contra entrega, sigue creciendo...

Yo por mi parte, gracias a mis benditos patrocinadores-consumidores, ya ostento un pent-house dúplex en Caracas, un chalet en Mérida y un rancho de Chana en Margarita. Si así llueve que no escampe, digo yo como ya dijo Noé, y a todos ustedes simplemente les recomiendo que tengan fe, que la fe (y aquí doy fe yo mismo), mueve montañas (pero de dinero).

Transcribo ahora una buena parte del sin fin de productos y servicios que C.A. Santoral Milagrero (su contacto celestial con los pies bien plantados sobre la tierra), pone a su entera disposición, a través de su staff de santos exclusivos:

Santa Ponderosa de los Reclamos: patrona de los usuarios de cuanto servicio público se le ponga por delante, hace que el teléfono, la luz y hasta el seguro social funcionen y así usted se ahorra un tiempo precioso haciendo colas ante la taquilla de reclamos.

Santa Alarma de las Urgencias: patrona de los propietarios de automóviles nuevos y usados, evita que le roben o le choquen el carro aunque no tenga seguro ni anti-robo.

Santo Numeral Sortario: patrono de quienes buscan el dinero fácil, le brinda a sus devotos muchísima suerte en todos los juegos de azar (acotan las malas lenguas que este santo, ex-apostador empedernido, murió prematuramente, al negarse a pagar sus deudas de juego).

Santa Fortuna Predilecta: versión femenina del anterior, incluye entre sus bondades la de "ganarse" un marido con bastante real que pueda pagar cachifa, resort, peluquería y demás necesidades básicas.

Santa Septembrina de la Pizarra: patrona de los estudiantes, evita a sus protegidos la penosa experiencia de las "reparaciones" de física, química, matemáticas y cualquier otra materia. Ayuda, también, a conseguir cupo universitario en la carrera que se quiere y al primer intento.

Santo Liborio del Veneradísimo Salario: patrón de los empleados, permite conseguir y conservar trabajo con excelentes condiciones y prestaciones sociales.

San Críspulo Expedito: patrón de los arrendadores inmobiliarios, permite desalojar a inquilinos, buena paga o morosos, de casas y apartamentos, en menos de lo que canta un gallo.

Santa Regulación de los Desamparados: enemiga a muerte del anterior, patrona de todos aquellos que viven alquilados, hace el milagro comprobado de que los venezolanos sin casa propia consigan y conserven un apartamento con renta regulada (y además con teléfono, buena vista, cocina equipada, estacionamiento y en plena vía del Metro).

Y así el Listado continúa con Santa Debora Dora de los Ejércitos Celestes; Santo Martirio de la Debacle; Santa Martha del Desatino; Santa Crisis de la Concepción Terrena; Santa Dolorosa de los Desesperados ("¡cómo sufrimos, qué gozadera!", era su frase de cabecera); pero el mejor santurrón de todos (apartando a San Nicolás que tiene contrato exclusivo firmado con otra empresa), el más popular, el más invocado y festejado es San Bonifacio Festivo, quien en vida era un monje bohemio, bonachón y bonchón, encargado de la destilería, la cocina, y la bodega del monasterio, amigo de sucumbir a casi todas las tentaciones, cuya promesa básica a sus devotos es que nunca, pero nunca, los van a dejar vestidos y alborotados. Su lema era "bonche y ponche, per secula, seculorum". Principio que sus seguidores cumplen, por temor a cualquier represalia, al pie de la letra.

Negocio aparte, mi madre y mi tía Maruchi viven diciéndome que yo, seguramente, ya me gané mi propio jacuzzi de agua hirviendo en el infierno, a lo que yo, hijo pródigo y blasfemo, riposto que ¿qué importa?, si  ¡seguro está el infierno!

Así que sigamos viviendo, mientras se pueda, en esta tierra bendita, en este pedazo de paraíso criollito y nacionalizado. Continuemos, pues, disfrutando de este cielito lindo terrenal a la venezolana, haciéndole caso a lo que yo mismo escribo en los catálogos de C.A. Santoral Milagrero: "Regocíjense y cólmense de todas y cada una de las bendiciones disponibles en esta tierra de gracia”. Que así sea. 

miércoles, 25 de julio de 2012

domingo, 24 de junio de 2012

SPIELBERG PACHECO (sic): narrativa apocrifa

(IMAGEN: ADAM WHEATLY)































Me apetece escribir acerca de un cineasta creole, bautizado por su cinéfila progenitora como "Spielberg", de apellido Pacheco, así como el frío decembrino. Cineasta con un financiamiento del CNAC para "ficcio-documentar" la sobredosis de realidad, el "híper-realismo urbano", pues...

jueves, 9 de febrero de 2012

SOS discurSOS

























DEL CONSORCIO EMPRESARIAL ORWELL & PAVLOV

miércoles, 8 de febrero de 2012

viernes, 13 de enero de 2012

miércoles, 31 de agosto de 2011

mazeiteZuela

MAZEITE constituye ahora, en lugar de los tradicionales y pesadísimos lingotes de oro, el nuevo "valor" de las reservas financieras venezolanas. De hecho, ya hemos "truequeado" nuestras toneladas de oro por millardos de litros de MAZEITE que se disputan las doñitas creole en abastos y panaderías hasta en el último y recóndito rincón patrio. En Venezuela, hemos adoptado, incluso, el cotizadísimo $-MAZEITE (dólar-MAZEITE), en sustitución de aquel clównico $-bigmacdonalds que nos estigmatizaba planetariamente. Hasta la nueva ley inmobiliaria permite negociar las viviendas por litros de MAZEITE, aunque, eso sí, penalizando el aCAParamiento perverso del libre mercado. Los viajeros creole podrán obsequiar a sus familiares en el extranjero hasta un par de litros, en aras de minimizar la nostalgia.

miércoles, 3 de agosto de 2011

¿existe mejor campaña anti-proselitista, cada vez con mayor vigencia?


George Orwell, aquel tan mentado "hijo de la Gran Bretaña", resultó acojonantemente profético con su anti-utopia publicada en 1948 y titulada 1984. Apocalíptico y masscultiano que jode. Este "spot" contra todo proselitismo debería ser visto, recalcitrantemente, a diario...

jueves, 30 de junio de 2011

sábado, 29 de enero de 2011

TV CREOLE y máscara de gases: anécdota tóxica en clave de ficción narrativa

Una maledicencia que adoro evocar es la de aquella añeja periodista aquejada de ego –musiúa ella y nada de miss– a quien me tocó empapelar de maquillaje funerario en sus pliegues del cuello y mejillas. Su emisión de entrevistas diarias se grababa en la más hiriente madrugada (ese lapso cronológico absurdo dudando entre lo temprano y lo tarde; parto prematuro de la jornada sin noticias del obstetra; eyaculación precoz de un rey sol incontinente sobre el traje oscuro de la virgen quinceañera; extremaunción profana de la noche insomne hipnotizando tropas de gerundios sonámbulos). La misia sufría de inamovilidad intestinal crónica que provocaba escapes chaplinescos e involuntarios de gases tóxicos. El personal técnico renegado por el resto de la planta le era asignado en escarmiento a “doña zorrilla”, viuda reincidente condenada, en público y en privado, al virtuosismo solista.
ACCEDE AL TEXTO NARRATIVO COMPLETO PULSANDO AQUÍ

sábado, 18 de septiembre de 2010

lunes, 8 de febrero de 2010

viernes, 5 de febrero de 2010

ZOMBIELAND: made in Caracas

ZOMBIELAND es un reality film que se recrea, una y otra vez, en toda esquina de Caracas.

sábado, 30 de enero de 2010

chapuzón NESTEA GUAIRE flavor

refréscate, guairízate con el chapuzón NESTEA, ahhhhhhh

lunes, 18 de enero de 2010

lunes, 2 de noviembre de 2009

martes, 25 de agosto de 2009

BELLEZUELA (sic): el estigma de la belleza for export


Bellezuela (sic) es el reino de la belleza y Osmel Sousa su cacique sin cetro. Se le está considerando seriamente como próximo presidente que exporte el petróleo rellenando los implantes mamarios y de glúteos, desde el paraíso de las intervenciones quirúrgicas de cirugía estética y extreme makeovers.

domingo, 23 de agosto de 2009

BELLEZUELA (sic)

Bellezuela (sic) es el reino de la belleza y Osmel Sousa su cacique sin cetro. Se le está considerando seriamente como próximo presidente que exporte el petróleo rellenando los implantes mamarios y de glúteos, desde el paraíso de las intervenciones quirúrgicas de cirugía estética y extreme makeovers.

miércoles, 12 de agosto de 2009

miércoles, 13 de mayo de 2009

REMEMBER SIERRA NEVADA ?


CONCIERTO PARA FUSIL SOLO

"Los entusiasmos son individuales; la hostilidad, colectiva."
(Luis Goytisolo)

Tengo al jinete en la mira de mi M—90. Lo sigo en sus maromas. Espero a que haga caballito. Le disparo entre el pulgar y el índice de su mano derecha. La bala entra y sale rebotando en el asfalto. El casquillo refleja el sol apenas un instante. Luego se me pierde de vista. La moto reposa ladeada encima de su ¿dueño?. Se sostiene lo que queda de la mano derecha con la izquierda. Aprieta su muñeca en un intento vano de parar la sangre que mana. Su rostro está contraído en una mueca. Reprime las lágrimas. Ahoga un grito. La palidez y el sudor frío son inminentes. Repta hasta salir de abajo de la máquina. Ya no hay nadie alrededor. De pie, intenta sostener su revólver. Se le cae. Lo alcanza y enfunda en su cintura. Grita alguna de las maldiciones que conoce. Seca su frente con el vello del antebrazo desnudo. Levanta la moto dificultosamente. Cabalga y acelera. Se va contra la isla. Aminora la marcha. El manubrio es la muleta de su cuerpo. Doblado sobre sí mismo. Desaparece sin acrobacias.

Resquebrajaron con júbilo las vitrinas de los comercios. Deshilacharon las santamarías. Saquearon a gusto. Volvieron añicos lo que no pudieron cargar. Con los automóviles que constituían su botín, tumbaron las rejas sucesivas del estacionamiento. Sortearon los muros perimetrales con siniestra destreza. Arrancaron los alambres electrificados cuyas púas exhiben restos de miembros putrefactos. Retinto en sangre ennegrecida, un dedo devenido en veleta se debate entre el sur y el oeste.

Pero las entrañas del Llaeco son fortaleza inexpugnable. Inspirado por las pirámides egipcias, las catacumbas romanas, la muralla china, los bunkers germanos. Así fue concebido por mi padre el inmigrante. Un monumento funerario viviente. Con diversas plantas eléctricas que funcionan alimentadas por paneles de energía solar instalados en el techo y pequeños tanques de agua distribuidos estratégicamente. Un refugio de autonomía sustentable. Laberinto de escaleras verticales a través de conductos, túneles y pasadizos secretos. Puertas camufladas. Paredes reforzadas con gruesas láminas de acero. Accesos abovedados. Ventanales blindados ensandwichados por rejas galvanizadas. Materiales de construcción autoextinguibles o de inflamación controlada. Cámaras de vigilancia. Detectores de movimiento. Sirenas dirigidas de altísimos decibeles. Faros antibalas de luminosidad focalizable mediante seguidores que operan por fotocélulas. Rejillas que expelen humo. Bombas de perdigones. Mecanismos de defensa para repeler. Apaciguar. Advertir. Disuadir. Contrarrestar intentos de invasión forzada. Se habla de una supuesta vía de escape que comunica bajo tierra al Llaeco con un edificio de la calle El Convento.

Hay aquí 43 años de trabajo forzado. De tensión sostenida. Forte. Piu forte. Operática. Cantábile. El castillo de Barbazul. Allegro bárbaro de Bela Bartok. De implacables negociaciones. De oler las oportunidades y lanzarse al vacío. Siempre con el paracaídas de emergencia sujeto a la espalda, la red camuflada del trapecista, el riesgo controlado. De comprar justo después del terremoto y vender al filo de las expropiaciones del Metro. De comprometerse con cargas crediticias insostenibles. De volverse temerario. De hipotecar. De hacerse de cientos de miles de dólares a Bs. 4,30 el viernes previo a la devaluación y el control de cambio. De invertir en ignotos lotes de terreno que décadas después estrenarán urbanizaciones hipercotizadas. De adquirir una flotilla de Corollas dos días antes de que aumenten su PVP. De saciar impulsos y carcajearse triunfalmente al comprobar que la intuición no le falla. De apropiarse del Llaeco entero de estricto contado y por un monto irrisorio. 5.364 m2 de construcción distribuidos originalmente en 80 apartamentos de 4 tipos distintos. De deconstruirlo y re—edificarlo por completo. De mojar con saliva su meñique izquierdo y, en lo alto de la azotea de su edificio, indagar la dirección del viento. Oteando el Avila. Girando sobre sí. Señalando los puntos cardinales. Todas las tardes del mundo. Saludando el ocaso. Sin fronteras visuales que limiten el desplazamiento de su mirada. Más cerca o más lejos. Montañas. Montañas. Montañas. Nubes inoportunas manchando el paisaje. La bandada habitual de escandalosas guacamayas anunciando su tránsito aéreo. Un avión rezagado que intenta colearse en La Carlota. Cielo abierto. Con la idea de cubrir gastos operativos, alquiló el estacionamiento y los 12 locales comerciales. El 86% restante del edificio lo reservó para exclusivo uso familiar, incluida la zona de parqueo techada con acceso a dos calles colindantes. Ubicó la conserjería anexa a la garita de vigilancia.

Olaf me entrenó en el tiro al blanco. Primero fue el arco y la flecha. Para tensar el pulso y afinar la puntería. Después la ballesta, el flower, la escopeta, el rifle. A los 21 mi browning. El arsenal no cesa de crecer. Cualitativa y cuantitativamente. La seguridad se torna obsesiva. Mi padre viaja a seminarios internacionales de vigilancia y protección. Evita destinos puntuales. Cumplo con mi promesa de no preguntar. Blinda los carros familiares y nos obsequia elegantes chaquetas deportivas, de uso obligatorio, forradas en kevlar. Ninguno quiere contrariarlo. Pioneros de la comunicación inalámbrica, llevamos discretos radios portátiles que nos mantienen en contacto permanente. Y armas disuasivas. Gas paralizante que actúa sobre el sistema nervioso del agresor, logrando que pierda temporal y reversiblemente el sentido de la vista, el oído, la ubicación espacio—temporal y el equilibrio; en adición, el sujeto se hace sus necesidades fisiológicas encima, presentando síntomas evidentes de conjuntivitis y dermatosis urticante. Minibastón de descarga eléctrica que invalida al asaltante, provocándole un desmayo; el radio de acción varía entre 1 y 3 metros.

El Doria, el Troya, el Giovanna, el Lourdes, el Rebeca, el Trianón y demás edificios vecinos han sido invadidos. El incendio de la cervecería América se propagó a las instalaciones circundantes. Alcanzó Victoria Motors y Cars—Tocars. La explosión de los automóviles fue un evento memorable. El estallido de los vidrios y el posterior humo negro está grabado en mi handycam. La farmacia Aurora quedó arrasada.

¿Dónde están los gatos callejeros y las palomas?

En la ciudad ya no hay bombeo de agua ni suministro de electricidad. No pasa un segundo sin que los míos bendigan a mi padre por sus previsiones aparentemente desproporcionadas. Los paneles de energía solar nos permiten mantener en funcionamiento la enorme cava refrigerada que preserva su cadáver. Y los cientos de kilogramos de alimentos perecederos con su concienzudo inventario de fechas de expiración, para comidas y medicamentos. Contamos además con un almacén de enlatados y envases UHT. La bodega de vinos. Y un huerto hidropónico que se extiende por los balcones y terrazas de los pisos superiores. Los vastos tanques subterráneos de agua totalizan más de 50.000 litros. El problema del bombeo aún se resuelve con los generadores que funcionan a diesel. Después, usaremos los pequeños tanques de cada apartamento, uno por uno. Un sistema iraquí de recolección de lluvia nos permite abastecernos deficitariamente. Racionalizamos nuestros consumos al borde de la obsesión. Potabilizamos el agua gracias a filtros holandeses y reciclamos la del lavado de ropa, duchas, fregaderos y lavamanos, utilizándola en las pocetas. El ingenio se agudiza con la crisis. Los mecanismos de supervivencia se disparan con la desesperación y la carestía. No desperdiciamos ni el tiempo que nos sobra.

No pasamos nada por alto.Ni por bajo.

Las hordas atacan. A plena luz del día. Se acercan de a 2 y 3 por moto. ¿Habrán descubierto un nuevo combustible? ¿Cómo les alcanza y de dónde sacan la gasolina? Esgrimen sus armas sin dispararlas. ¿Les quedarán balas? Yo soy el responsable de la seguridad. Duermo de día y vigilo de noche. A media tarde me despiertan. Me enfundo mis lentes de sol y mi gorra de visera exagerada. Tras derribar a los invasores que cada vez conquistan posiciones más adelantadas en el perímetro del edificio, mi familia apuesta a que no logro acertar los objetivos más lejanos. Siempre pierden y yo me hago de raciones extra de comida, bebida, cigarrillos, agua para bañarme, horas de sueño. La puntería de mis hermanos es pésima. No son capaces de darle a blancos en movimiento y no quiero derrochar municiones.

A las siete de la noche comienzo mi guardia. Acompañado por la mitad de los perros y por la insomne de mi prima Margarët. Hacemos el amor rápida y furiosamente. Con la ropa puesta. En alerta por los parientes, más peligrosos que la jauría humana que nos acecha. Cuidándonos de los hunos. Y los otros. Los demás son siempre una amenaza. Estamos reusando preservativos. Hasta 6 veces. Para que nos alcancen. En silencio, recorremos la terraza en forma de "L", a dos niveles. Desde aquí dominamos 360º. Al norte, lo que resta de la ciudad universitaria; el edificio rojo de la biblioteca; una de las torres de parque central; el Avila con sus cientos de pequeñas fogatas que parpadean en la oscuridad. Al sur, el desierto de la autopista a veces surcada por bicicletas, carritos de supermercado empujados por patineteros; el puente derruido que comunicaba a Valle Abajo con Santa Mónica; las quintas en penumbras de las colinas. Al este, las moles de los hoteles y malls en silencio. Al oeste, médanos inquietantes; aullidos que espantan a mis canes; texturas de incertidumbre. Armados con binoculares de visión nocturna y rifles con miras láser, alternamos el espionaje de sombras verdinegras y fulgurancias infrarrojas con la contemplación de los cuerpos siderales que, a punta de gravedad newtoniana, amenazan con caernos encima, desprendiéndose de la bóveda celeste. La cena de medianoche, única comida caliente, concluye con el café cuyo humo se confunde, eólico, con la exhalación nicotínica del cigarrillo que compartimos apurando el alba.

No se reciben transmisiones de radio. Ni de televisión por satélite. No insistimos en gastar electricidad. Ni baterías que priorizamos en nuestras linternas. Hoy, jugando con la bazuca, Margarët hace estallar un Volkswagen que zigzagueaba por la calle Codazzi. Dice que siempre ha detestado esa marca de auto. Tan feo y ruidoso. Como un mamut enano sin colmillos que se ha incrustado en la fachada del liceo público. No hay señales de vida. Ni del conductor o pasajeros.

Nos hemos acostumbrado al silencio. Y sin embargo es tan opresivo. No se escucha música por ninguna parte. Ni el solo de un instrumento. Tarareamos melodías para no olvidarlas. Tratamos de identificarlas. Título. Intérprete. Género. Año. Nombre del disco o si es el tema de una película o programa de televisión o el jingle de un anuncio publicitario. Ni modo. La memoria es resbaladiza y mentirosa. Nos confundimos y le ponemos la letra de una canción al ritmo de otra. ¿Las palabras conservarán su significado? ¿Azul será siempre azul, azúcar, azucena? ¿Seguiremos comunicándonos con sonidos o se impondrán los ademanes, los gestos lejanos, las señales? ¿Sobrevivirá el lenguaje? ¿Este lenguaje que usamos? Margarët me pide que le recuerde cuando todo era normal. Que se lo cuente como si fuera una película. Que intercambiemos vivencias. A full color. En estéreo. ¿Te acuerdas del sabor de las cotufas y como crujían al masticarlas? Ah, y el dulzor del chocolate derritiéndose en tu boca y las burbujas del refresco cosquilleando tu garganta...

Anoche, no sé cómo, llegaron hasta el tercer piso. Mataron a uno de los perros y lo trocearon para comérselo. Un descuido imperdonable. En junta familiar, decidimos reforzar la seguridad colocando a dos vigilantes haciendo recorridos por el quinto piso de la torre "A" y a otro par en el piso 4 de la torre "B". Todos armados con subametralladoras y equipo de visión nocturna. Además, se nos unirá otro vigía en la terraza. Margarët y yo en cada extremo de la "L". El tercero en discordia cubrirá el vértice. Turnos diarios de doce horas. Y que no falle nadie.

Logro dormirme después del mediodía. Sueño con mi padre. Me alecciona en lo referente al aniquilamiento del ofensor. Me urge a que extreme el entrenamiento de mis primos y hermanos. Que incorpore a las hembras. Me previene sobre los peligros del devenir. Hay que salvaguardar todo por lo que hemos luchado. Debo recordar que ahora yo soy quien comanda un pequeño ejército que lucha por preservar su territorio. Nuestro edificio es la embajada del gentilicio familiar. Inscrito en nuestro escudo heráldico. La espada. El fuego. La torre. El halcón. Ya no es posible bajar la guardia. No vivimos tiempos de paz. Al contendiente no se le da tregua. Mi nombre significa invicto. Mi apellido belicoso no transige ni renuncia o se entrega. La rendición no existe. El arsenal está repleto. Yo soy el heredero y conozco las reglas. ¿Por qué vivimos todavía esta situación privilegiada? A comer, beber y festejar. Dominando el horizonte. Amándonos. Nuestro destino es la gloria. Sin decaer de ninguna forma. Preparados. Alertas. Inmutables. Altivos. La belleza es serena. El placer nos dibuja sonrisas en el rostro. Finalmente, cuando la situación lo amerite, mi padre contempla la autodestrucción absoluta de la instalación mediante la activación irreversible de cargas explosivas sujetas a las bases y puntos—clave de la estructura arquitectónica. Similar a un sismo de 9.4 en la escala de Richter, la fuerza expansiva de la deflagración no permitirá la reutilización de ninguno de los escombros, calculándose un perímetro de destrucción que oscila entre 0,3 y 0,5 kilómetros, dependiendo de las variables atmosféricas. El sistema opera con fuentes de energía autónoma. El botón de ignición me aguarda en la azotea.

El primer impacto lo tumba. Retumba el eco entre las paredes aledañas. La multitud avanza compacta. Hombres. Mujeres. Niños. Por suerte no hay ancianos. Un solo hombro (sic) avanza. Distingo sus rostros y disparo. Harapos multicolores se salpican de rojo. Apunto a la cabeza. Limpio, rápido, certero. Caen. Los libero de la enfermedad, el tormento, el hambre, la desesperanza. Avanzan. Dibujo desplazamientos verticales. Mis proyectiles van despoblando este lienzo vivo de Cézanne que avanza. De la A a la Z, abcdefghijklmnñopqrstuvwxyz, AvanZan. Mayoritariamente, barro consonantes. Como en aquella tonada infantil, desafinado, canto. Derribo la a. Acierto la b. Elijo la c, la d, la e, la f, la g, la h, la i, la j, la k, tra la la la ri ra la ri ra la ra li ra. Llevo veintitrés. Y quedan aún. Y llegan más. Que tun. Que tun. Y dále betún. Y cuántos serán. Calculo otros cien. Recargo el fusil. Pil pil pil pil. Que vengan cien mil.

Mis primos y hermanos engrosan el coro. Supongo que Olaf sostiene la batuta. Concierto para fusil solo, ensamble caprichoso de subametralladoras y orquesta onomatopéyica. Al aire libre de esta tarde de invierno seco. Sin nubes. Iluminación propicia a cargo del sol ocre de las cinco y media. Proyección de sombras diagonales que se alargan, se estilizan, se acuestan. La audiencia fallece de gusto. Margarët diseña la escenografía. Con su bazuca, distribuye cráteres lunares sobre el pavimento.
(CONCIERTO PARA FUSIL SOLO resultó finalista en el Premio Nacional de Cuentos Sacven y figura publicado en la antología narrativa TATUAJES DE CIUDAD, así como en el portal web de FICCIÓN BREVE)

sábado, 28 de marzo de 2009

Carmina Burana cual soundtrack para Caracas

video

La cotidianidad de la violencia asumida y protagonizada como espectáculo circense en Caracas. Reality show callejero para entretener el tedio del mediodía before lunch. Pasen y vean, señores transeuntes y animen a los contrincantes. Boxeo amateur sin guantes. Saquen sus cámaras digitales, apunten y disparen. Aquí están sus 15 golpes de fama instantánea, como ya nos amenazó ese profeta del apocalipsis apocado que fue Andy Warhol. Puñetazos versus el aburrimiento que decía el bravuconazo de Bertolt Brecht. Video sin subtítulos. Coñazos spoken. Free happening. Narrativa urbana.

miércoles, 22 de octubre de 2008

MISS METRO O EL SUBTECANTROPUS ERECTUS

“Le recordamos a los señores usuarios que, por su propia seguridad,
deben mantenerse alejados de la raya amarilla,
alejados de la raya amarilla, alejados de la raya amarilla”

(Voz en off que me persigue a toda hora, en todas partes,
sin poder apagarla, ni bajarle el volumen,
ni cambiar el mensaje, ni...)


Lo que en un comienzo era un ingenuo pasatiempo que me servía para alegrarme los ojos y el espíritu camino al trabajo, se ha convertido en una auténtica obsesión que ha ido arruinando mi matrimonio, mi familia, mis finanzas y mi profesión, llevándome a un estado físico y mental deplorable.

Vivo metido en El Metro de lunes a domingo, desde las seis de la mañana y hasta las diez de la noche, con los recesos mínimos indispensables para comer algo, fumar, ir al baño y dormir unas cuantas horas –cada vez menos– pues del insomnio paso a una pesadilla repetitiva y angustiosísima que, simplemente, no resistiría recrear ahora, a la luz del día y en voz alta, para no tener que escucharme yo mismo diciendo que...

Las persecuciones que me planteo bajo tierra, “al dictado de la locura” como tituló su obra Gerard de Nerval, me conducen de La Yaguara a El Valle o de Las Adjuntas a Palo Verde en una misma mañana, a pesar de lo mucho que detesto hacer transferencias. Pero, claro, estos son casos excepcionales, heroicas misiones imposibles que emprendo para “llenarme” de esos adorables sujetos de mi deseo y obsesión que me mantienen extraviado dentro de este interminable y sorprendente laberinto subterráneo del Metro. Hay un no sé qué telúrico (estoy intelectualizando, vicio profesional, soy consciente de ello) que me subyuga, convocándome sin descanso a estas gloriosas cavernas.

Y de académico de antropología he pasado a ser una parodia lastimosamente underground de Osmel Sousa clonado con Joaquín Riviera: un clon del clown que aspira asmáticamente a montar un concurso, ya no de belleza sino de buenitud, de buenura, pues, de ritmo de caderas y sabrosura al caminar, mi amor, de medidas extremas que sobrepasan cada uno de los cánones de buen gusto, de voluptuosidades desbordantes y exageradas, obscenas, ramplonas, rimbombantes, censuradas por las propias prendas íntimas que amenazan con desabrocharse justo ante nuestros boquiabiertos ojos y saltar, alcanzarnos, salpicarnos de puritico gusto, complacencia y placer voyeur del mirón que, al fin, aunque sea por una única vez en su puñetera y virtual existencia, pueda “llegar” y descargar, loco de contento, su siempre reprimido y más turbado que nunca cargamento de infelicidad.

Miss Metro sería, por otra parte, un concurso barato en toda la extensión de la palabra, indiscriminado y no excluyente de aspirantes y categorías, sin luminarias ni lentejuelas, pleno de improvisación. Se trataría de una feria popular que huele a dentífrico matinal, al champú y al enjuague mezclados con el sudor rancio del final de la jornada salarial, la comida rápida del mediodía y el pachulí nocturno que invita a celebrar nuestras miserias de cada día.

Porque bajo tierra, en las entrañables entrañas del monstruo que conozco en profundidad, tiene lugar, casi todos los días del mundo, el más trepidante y azaroso desfile de belleza mundana que se pueda imaginar.

A un ritmo palpitante, soberbios especimenes del género femenino, en oleadas irregulares (a veces escasas, ahora impetuosas), toman por asalto –precoces, desvergonzadas, presumidas, feroces– el tren y los andenes, las escaleras mecánicas y los vagones, hostilizando con su hermosura irresponsable, hiriente y sobrecogedora, todos los ojos que, de par de dos en dos, coinciden sobre sus cuerpos espléndidos, posándose y regodeándose con glotonería, reinventando nuestras más bajas pasiones, nuestros deseos más rebuscados y roñosos que rebotan dentro de nosotros, sin atreverse a traspasar la raya amarilla de la conciencia.

Y es que en este placentero infierno sumergido, una incesante legión mefistofélica de diablas y demonias sin pedigree, pero con caras y cuerpos de semidiosas, nos desatan sin remedio la bestia dormida, despertándola y dejándola insomne, desvestida y alborotada como quien dice, sin derecho a réplica, sin derecho a nada, aullándole en silenciosa desesperación a una luna llena que imaginamos allá arriba, allá afuera, perturbadora y lejana.

Son hembras hechas en el cielo, en celo, celosas: euro-caribeñas, asiático-tropicales, producto del más sabroso y delirante mestizaje-jé. Con senos, glúteos, curvas, caderas, voluptuosidades hiperbólicas, cimas y abismos hirientes que se te incrustan en los ojos y se te alojan en el alma. Y ya nada, nunca, volverá a ser igual. Estás atrapado, perdido, extraviado dentro de ti mismo.

Es básicamente, un mecanismo natural de selección de la especie. Irreprimible, irreversible e implacable. Que nos hace descender en la escala evolutiva, presos de los instintos más primitivos, hacia nuestros más primigenios primos: aquellos simpáticos primates que ilustran la portada de la teoría darwinista.

Tamaño tremendismo me impulsa a preguntarme si terminaremos arrojándonos a los rieles electrificados, ante el avance trepidante y ensordecedor del tren, para poder acabar de una buena vez, poniéndole fin a nuestras miserias de subtecantropus más o menos erectus. Eso u organizar de verdad-verdad el Miss Metro: montar toda la parafernalia del concurso, buscar los patrocinantes, seleccionar a las aspirantes, decidir quién será parte del jurado y etcétera. Eso o, en plan mercenario, fundar la Interculing-culing company, empresa con el objeto único de cazar, someter, domesticar y comercializar a escala global a toda hembra de uña que se le ocurra trasponer los torniquetes del Metro.

domingo, 12 de octubre de 2008

SU NOVIA ES VENEZUELA

Este título me lo inspiró un catalán muy agradable que conocí en una de las tontas y tantas esperas vividas en un aeropuerto nacional y que, muy al contrario de aquel "Turista Accidental" (la película norteamericana protagonizada por William Hurt), aparté mi periódico del rostro para entablar amena conversación con él.

Joaquín, que así se llama este curioso catalán que te suelta -al peor estilo de luisherrera- expresiones criollas con su marcado acento que se detiene exageradamente en las "eles", pronunciándolas con la punta de la lengua enrollada hacia el paladar, resultó ser un industrial que vivió 20 años entre nosotros, adaptándose de maravilla y pasándola gustosamente en esta pequeña Venecia. Casado con una coterránea y con cuatro hijos venezolanos y venezolanizados, Joaquín vuelve, presionado por las epilépticas circunstancias económicas (la coyuntura que dicen) y azuzado por su extensa familia de ultramar, a su Cataluña natal.

El hombre me lo refería con pesar, comentándome cuánto le dolió vender su factoría, su quintica y su añejo rústico donde él y los suyos recorrieron medio país, con el testimonio audiovisual que proporciona una "handycam" y el registro iconográfico de varios cientos de fotografías donde siempre aparecían ellos (los Castells, pues), en medio de una diversidad de paisajes contrastantes: el matrimonio mojándose frente el Salto Angel; los chamos dándose un chapuzón en Morrocoy; media familia en contraluz ante un ocaso en Juangriego; todos juntos asomándose de un vagón del teleférico merideño; la señora cabalgando un camello en los médanos de Coro; Joaquín cambiando un caucho en pleno puente sobre el Lago o bailando tambores en Barlovento... Eso y dejar atrás compadres y amigos, "mi familia criolla", decía, era lo que más lo "fregaba".

Ahora, trataba de animarlo yo ante su guayabo nacionalista in crescendo, nuestro compatriota nacido en la Barcelona primigenia tenía que trastocar hábitos de consumo y sustituir el aceite branca por el de oliva, la arepa por el pan, el diablito por el jamón serrano, el queso paisa por el manchego, el ron por el brandy y así sucesivamente. Eso o ingeniárselas para abastecerse, allá en la madrísima patria, de harina de maíz, caballito frenado, caraotas negras, el oso y mejor pongamos etcétera.

Ya no habría tampoco, protestaba él, su peña del 5 y 6, ni sus compinches del dominó, ni los terminales del kiosquito de la esquina, ni carnaval electoral, ni empanaditas de cazón, ni hallacas, ni el refresco de "colita" para sus hijos (sabor inventado aquí que, simplemente, no existe en ninguna otra parte del mundo), ni el jabón azul de panela que tanto usaba -en copretérito- su esposa, ni el popular olor a lavansán... Se acabarían para él, también, las proverbiales trancas de la autopista cuando aprovechaba para escuchar la radio a todo volumen y tararear las melodías de salsa, a voz en cuello, como un Oscar De León desteñido. Se despedía, además, este paisano de Serrat, de las colas kilométricas que hacía para renovar la licencia de manejar y la cédula, así como de toda esa indigestión de semáforos en rojo y calles en flecha.

¿Qué contra-argumentar?, pensaba yo, resistiéndome a la cruel tentación de, usando esa, su misma letra, componer un sarcástico bolero. Pues bien, a mí no se me ocurrió nada, ni mejor ni peor, que remitirlo a uno de esos kilométricos almacenes mayoristas (hiper-mercados, les dicen con eufemismos, club de grandes consumidores) que se pusieron de moda a partir del 27-F, para que comprara, en cantidades industriales, todos aquellos productos de la industria nacional que él y su familia iban a echar tanto de menos.

Cuando finalmente nos despedimos, a mí se me metió en la cabeza, fruto de la picaresca nacional, que Joaquín segurito lo que iba a extrañar era a alguna novia venezolana, morenaza ella y de ojos verdes, con nombre indígena y apellido sonoramente extranjero, producto socio-cultural del mestizaje policromático y enriquecedor que tantas bellezas de cetro y corona ha prodigado a esta deslumbrante tierra de gracia que maravilló y sedujo tanto a Joaquín como, en un principio, a Colón himself (y es curioso, pero nunca deja de sorprenderme cómo los venezolanos descubrimos nuestro terruño a través de los ojos de los demás, de ojos ajenos, ¿no?, que se convierten en propios con el tiempo).

Me imaginé entonces a Joaquín soñando en plan nostálgico con todo ese tropel de ejemplares vernáculos que pugnan por explotar y desbordarse de sus bluejeans apretadísimos en las cuñas de pantalones. Féminas siempre sonrientes y curvilíneas parecidas, sin duda, a la novia que el musiú veía clandestinamente entre semana. Pero luego rectifiqué y me dije, convencido, que no. Que la novia de Joaquín no era de carne y hueso. Que la novia de nuestro curioso y cabizbajo catalán era (o no era otra que) Venezuela.