
Obviemos, por ahora, medios de desplazamiento y locomoción tales como teleféricos, escaleras mecánicas, ascensores panorámicos, trenes, peñeros, funiculares, monorrieles, lanchas rápidas, ferrys (que merecen, sin duda alguna, capítulo aparte), autobuses ejecutivos y otras especies, para abordar, una vez más, el avión. Sí, sí, sí, el avión, la modalidad de transporte universalmente más rápida y que, en el caso Venezuela, se convierte en la máquina del tiempo: en la máquina de hacernos perder tiempo. Tiempo irrecuperable, valiosísimo, un recurso natural no renovable que ninguna aerolínea, por más cachitos, cervezas y excusas que nos ofrezca (cuando lo hace) nos puede compensar, restituir ni devolver. Se trata, pues, de tiempo muerto, tiempo ido, tiempo "en el aire" (y uno varado en tierra), tiempo perdido. Pero vamos a ponerle alas al asunto.
Imagínese por un momento que todos los viajeros "embarcados" en Venezuela constituimos una asociación que podría llamarse VIVEM y cuyas siglas significarían Viajeros venezolanos embarcados. Soñemos un poco más, con los ojos bien abiertos y los pies bien puestos contra el suelo del aeropuerto, y digamos que logramos (por vía de la presión sostenida, obstinada e inteligente) que algún utópico organismo estatal de protección al usuario decrete una indemnización al viajero del sin-cuenta (sic) por ciento del costo del pasaje por cada hora de retraso o fracción. Aquello sería una auténtica gozada, nos volveríamos un país de viajeros frecuentísimos y multimillonarios, eso o las aerolíneas que operan entre nosotros se verían obligadas, por la ley del dinero, a funcionar como impecables y eficientísimos relojes suizos, de los que ostentan garantía de por vida.
Eso o nos salen alas y volamos por nuestros propios medios. El filón del negocio estaría, entonces, en aprender a volar rapidito, contratar a un gestor para que nos resuelva toda la permisología y montar una academia de vuelo, sin necesidad de hélices ni turbinas, transformándonos en una nueva especie ornitológica criolla: el "pájaro-bolsa". Eso o nos ganamos el premio gordo de alguna lotería, a ver si nos alcanza para comprarnos una aeronave propia, rogando, eso sí, que nuestro piloto y aeromoza no se declaren nunca en huelga. Así que nos vemos entre nubes y feliz vuelo.
